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#4: Gracias, Leontxo

Como algunos de nuestros lectores ya sabrán, la Editorial Chessy, dirigida por el GM Alfonso Romero, ha convocado un Premio Nacional “a la institución o persona que más haya hecho por promover el ajedrez a lo largo del año 2007″. Una bonita idea que espero que se consolide y siga creciendo en el futuro, al igual que ya lo ha hecho la propia editorial, a la que pronto volveré a mencionar por aquí porque cada vez nos brinda más y mejores títulos en castellano y hay alguno que me gustaría reseñar.

En esta primera edición, el premio le ha sido otorgado por decisión del jurado a nuestro compañero Leontxo García. No sé si es del todo correcto que esta revista dedique una página entera a colmar de elogios a quien es una de sus piezas fundamentales; ni tampoco si es adecuado que sea precisamente yo quien lo haga, dado que Leontxo es, por encima de todo, un buen amigo. Pero al fin y al cabo éste es un apartado de opinión con temática libre, y en este momento lo que me pide el cuerpo desde este rinconcito en la última página es dedicarle unas líneas a mi compañero.

Aunque ya habíamos coincidido con anterioridad, cuando realmente conocí de una forma más personal a Leontxo fue en septiembre de 1998. Yo estaba colaborando entonces con la organización del Open Ciudad de Oviedo, y tuvimos la idea de invitarle: no como jefe de prensa, comentarista, ni nada por el estilo, sino simplemente como un “invitado especial”. Nuestro propósito era tratarle lo mejor posible y hacerle disfrutar del torneo, tenerle paseándose entre las mesas como un aficionado más: que por un par de días el ajedrez le diese algo a él, en vez de él darle constantemente al ajedrez, si ustedes me entienden.

No hubo manera. Desde el primer momento Leontxo se enfundó la ropa de trabajo y arrimó el hombro como uno más de nosotros, enviando notas de prensa, participando conmigo en las rondas con las radios locales, y haciendo todo lo que estuvo en su mano para difundir aquel modesto Open. Resultó incluso embarazoso, porque ponerle a trabajar estaba muy lejos de nuestras intenciones. “Siento una gran deuda con Asturias por lo mucho que disfruté durante los torneos organizados por la Universidad de Oviedo [1992 y 1993], y si hay algo que pueda hacer para ayudaros a tomar el testigo, lo haré encantado”, recuerdo que me dijo.

Sobra decir que desde aquel momento se ganó mi admiración y mi aprecio. Pero esa entrega al trabajo, ese amor ferviente por lo que hace, tuve ocasión de presenciarlo mil veces más a lo largo de la década que ha transcurrido desde entonces en torneos por todo el mundo. Ya van nueve Linares que he compartido con él, y en todos he sido testigo de la misma rutina: Leontxo es siempre el último en bajar a cenar; renuncia al postre, apura un té, y mientras el resto de compañeros ya hemos terminado la jornada o estamos todavía de sobremesa, él se vuelve apresurado a su habitación o a la sala de prensa, a seguir trabajando en esa desagradecida tarea que puede resultar a veces intentar divulgar el ajedrez.

Son sólo unas pinceladas para tratar de presentar el personaje a quien no haya tenido ocasión de coincidir con él; aquellos que le hayan tratado en persona ya sabrán a lo que me refiero. Podría estar hasta mañana contando anécdotas en el mismo sentido, pero sólo tengo una columna y además tengo que entregarla hoy.

El último año ha sido especialmente productivo para Leontxo. No sólo ha estado más activo que nunca en su faceta de periodista -las páginas de Jaque dan buena fé de ello-, sino que además ha cumplido su sueño de poner voz y comentarios en directo a la mayoría de citas importantes, tanto de forma presencial como a través de su “Ágora” en Playchess. También ha puesto su valiosísima experiencia al servicio de muchos organizadores, quienes tienen en él a un consejero inigualable: la modernización que nuestro país está experimentando en el ámbito organizativo es palpable, y de forma muy especial torneos tan revolusionarios como Bilbao o Vitoria se han nutrido de sus ideas.

Así que creo que lo que corresponde es, no sólo darle la enhorabuena a Leontxo por este premio, sino por encima de todo darle las gracias. Gracias por tu entrega y dedicación al ajedrez.

[Escrito en San Sebastián el 18 de marzo de 2008; publicado en la revista Jaque nº 620 correspondiente a Abril de 2008]

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David Llada @ 7-Junio-2008

#3: El ajedrez SÍ atrae patrocinadores

La idea de que “el ajedrez no interesa a los patrocinadores” es una de esas falsedades que, de tanto oírselas repetir a quienes justifican así el no saber hacer su trabajo, hemos acabado por creérnosla. Se ha grabado en nuestra mente y ha minado el entusiasmo por emprender actividades, por buscar nuevos horizontes para nuestro juego.

Vamos a hacer una diferenciación muy importante entre dos cosas que, si bien están relacionadas, en ocasiones se confunden. Es cierto que el ajedrez no es un deporte de masas, y nunca lo será por su naturaleza intrínseca: conocerlo y dominar sus fundamentos requiere un esfuerzo de voluntad que es cada vez menos común en la sociedad en que vivimos. Pero el ajedrez sí tiene una imagen, representa unos valores, que resultan en conjunto interesantísimos para cualquier empresa dispuesta a respaldarlo. Y eso por no hablar de las instituciones públicas.

En los últimos años he tenido ocasión de acudir a varias ferias empresariales. Una de las más importantes de las celebradas en nuestro país, Expomanagement, está destinada a ejecutivos de importantes multinacionales. En la primera ocasión en que la visité, me llamó poderosamente la atención la masiva presencia de stands, carteles y folletos (23 en total, llegué a contar) de empresas que utilizaban la imagen del ajedrez como reclamo, en todos los casos incidiendo en esos valores a los que hacía alusión: el pensamiento estratégico, la inteligencia, las decisiones bien meditadas, la eficiente planificación.

Al año siguiente sólo hizo falta un poco de iniciativa por mi parte para organizar una pequeña exhibición de partidas simultáneas en esa misma feria, en el stand de Amena, que contó con la participación del Gran Maestro Pablo San Segundo. “Amena sabe cuál es tu mejor jugada”, fue el recurrente eslogan. Fue algo sencillo, pero hasta tal punto tuvo éxito y congregó a curiosos en el recinto, que dos empresas del mismo ramo (telefonía) me contactaron en los meses siguientes para proponerme actos similares, y los propios organizadores de Expomanagement contrataron a Garry Kasparov como conferenciante estrella para su siguiente edición. La semilla había quedado plantada. El ajedrez les daba buena imagen, a un precio irrisorio para los presupuestos que manejan habitualmente.

El potencial está ahí, siempre lo ha estado, y somos unos ciegos por no ver que lo tenemos delante. ¿Hasta donde podríamos llegar si, en vez de entusiastas particulares más o menos capacitados, fuese una agencia de comunicación e imagen la que canalizase ese potencial, la que explotase de forma profesional las posibilidades que ofrece el ajedrez? En pocas ocasiones se ha dado ese paso, porque los directivos, asociaciones de jugadores y ajedrecistas superestrellas siempre han querido “manejar el cotarro”, sin ser conscientes de que se mueven en un terreno –el de la comunicación- que no es precisamente el suyo.

Hace un par de meses conocí en Vitoria al candidato a la FEDA, Amador González, quien tuvo la deferencia de interesarse por mis sugerencias acerca de cómo adecentar el desolado panorama que presenta el ajedrez nacional: un problema que parece que le preocupa bastante más que a quienes están en el cargo actualmente. Incluso me planteó la posibilidad de entrar en su candidatura como jefe de prensa, o que le sugiriera al menos una persona indicada para el puesto.

Intenté quitarle de la cabeza la idea del “jefe de prensa permanente”, que si bien es cierto que nunca hemos tenido uno, no lo es menos que se ha convertido en una figura ya un tanto obsoleta. “Una agencia de comunicación puede realizar esta tarea, emitiendo notas de prensa cuando sean necesarios: campeonatos de España, grandes torneos, acontecimientos infantiles…”, le expliqué. “Pero además, ellos sabrán dónde incidir para vender el ajedrez, no sólo a los medios, sino también a los potenciales patrocinadores y las instituciones. Es un servicio global y profesional”, insistí. Por no mencionar una posibilidad no menos importante: las agencias de comunicación planifican las campañas de publicidad de muchas empresas, y a buen seguro podrían encontrar entre su cartera de clientes alguno al que le podrían sugerir asociar su imagen al ajedrez. Creo que los argumentos le convencieron, porque me ha pedido permiso para incluir la idea en su programa.

En resumen: no nos acomplejemos ni infravaloremos el gancho que tiene nuestro deporte. El ajedrez sí atrae patrocinadores: lo que los aleja son los ineptos que muchas veces lo gestionan.

[Escrito en San Sebastián el 13 de febrero de 2008; publicado en la revista Jaque nº 619 correspondiente a Marzo de 2008]

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David Llada @ 8-Mayo-2008

#2: Bobby Fischer, ni tan loco ni tan infalible

Existen dos pequeños defectos, muy extendidos entre los seres humanos, de los que a veces no somos plenamente conscientes, y que además yo diría que se dan con inusitada frecuencia entre los practicantes del ajedrez. Uno es la ligereza con la que a veces emitimos juicios sobre nuestros semejantes, y el otro es nuestra tendencia a adoptar posturas inamovibles en nuestras ideas o nuestra forma de interpretar el mundo.

Un personaje tan carismático y conocido como lo fue Bobby Fischer no podía escapar a ello. Todo el mundo tiene su opinión acerca del ajedrecista americano, y éstas suelen ser bastante diferenciadas. Por un lado, la imagen más extendida a nivel popular suele ser la de que Fischer era “un genio loco”, tan admirable en su faceta ajedrecística como deleznable como persona; un mal ejemplo y una triste figura. Y mucho me temo que los periodistas, en nuestra búsqueda del sensacionalismo, tenemos gran parte de la responsabilidad en esto, habiendo alimentado su leyenda negra al extraer de su biografía aquellas declaraciones o anécdotas que ofreciesen un perfil más extravagante y pintoresco.

Por otro lado, están los que pecan de indulgentes con el que fue su gran ídolo. Aficionados al ajedrez que, por su amor al juego, son capaces de perdonarle todo y que, simplificando, vienen a defender la postura de que Fischer no estaba loco, sino que era un incomprendido y que los locos somos los demás. Recuerdo -por citar un caso enternecedor-, el del historiador Ricardo Calvo, cuya admiración por el incorruptible ajedrecista de Brooklyn era tan grande que incluso tenía un pequeño discurso preparado: cada vez que un neófito le planteaba la recurrente pregunta (“Ese tal Bobby Fischer, ¿está como una cabra, verdad?”), Ricardo, siguiendo un protocolo ya establecido, tomaba aire, se armaba de paciencia, contaba hasta diez, y soltaba entonces su educado y lúcido alegato en defensa del ex campeón mundial.

Probablemente lo más aproximado a la realidad, como en tantas ocasiones, se encuentre en un estado intermedio entre una y otra postura. Afirmar que Fischer “estaba loco” es fácil, pero me parece una simplificación excesiva y sin duda injusta. Y al mismo tiempo, negar que sufría ciertos trastornos de la personalidad sería cerrar los ojos a algo bastante evidente, según los testimonios coincidentes de todos aquellos que tuvieron ocasión de conocerle más de cerca.

Su prodigiosa inteligencia, su aislamiento social, y el hecho de no haber recibido una educación convencional, convirtieron a Bobby Fischer en el prototipo de persona hecha a sí misma incluso en lo más profundo; alguien que no tomó prestados de su entorno cultural sus valores y sus ideas sobre el mundo, sino que formó su propio camino. Esta independencia desemboca en un caudal de ideas originales, del que pueden surgir tanto los hallazgos o las creaciones más brillantes, como los errores de juicio más estrepitosos.

Entre las ocurrencias geniales de Fischer -dejando aparte su inmenso legado de innovaciones en la teoría del ajedrez- están, por ejemplo, la patente del reloj con tiempo añadido y su idea del fischer random, modalidad ideada como una tabla de salvación para rescatar el juego del agotamiento teórico en el que progresivamente está cayendo. La primera se ha convertido ya en un estándar del juego; la segunda, aún es pronto para calibrar su acierto, pero poco a poco gana adeptos e incluso Kasparov llegó a reconocerla recientemente como una posibilidad a considerar.

En cuanto a los trastornos de la personalidad que Fischer acusó durante buena parte de su vida, son fácilmente comprensibles si atendemos a algunos detalles de su biografía. Su madre, de orígenes suizos, había cursado la carrera de medicina en Moscú, pero cuando años después se instaló en los Estados Unidos el título no le fue homologado. Eso la condenó a una penosa precariedad laboral que, unida a su temprana separación -cuando Bobby tenía sólo dos años-, obligó a ambos hijos a pasar la mayor parte del tiempo solos y desatendidos.

El pasado de Regina Fischer en la Unión Soviética, unido a sus simpatías izquierdistas, hicieron que durante años fuese vigilada por el FBI, y quien fue su marido, el biofísico Gerhadt Fischer, también era considerado sospechoso de espiar para la RDA. Por no mencionar que la persona a la que algunos biógrafos apuntan como su progenitor biológico, el físico nuclear Paul Nemenyi, era una pieza clave en las investigaciones de la carrera armamentística estadounidense, y todo lo relacionado con él siempre estuvo rodeado de un fuerte secretismo. Así que, habiendo crecido solo y en semejante ambiente de intrigas, cuando se habla de la paranoia de Fischer y de sus exagerados temores a ser espiado, perseguido o asesinado, yo no puedo evitar acordarme de aquel viejo chiste del paciente que le contaba a su psicólogo que había visto un cocodrilo debajo de su cama.

Si a este cóctel explosivo añadimos el juego sucio de los soviéticos en Curaçao (1962), su detención ilegal en Pasadena (1981), o la más reciente traición que sufrió por parte del encargado de velar por sus pertenencias en Estados Unidos (y que terminó con sus bienes y recuerdos de toda una vida saldados en subasta pública), podemos concluir que sí, que Bobby a veces caía claramente en el delirio, pero que conviene ser cuando menos un poco indulgente. Incluso la persona más estable y equilibrada hubiera podido desarrollar cierta paranoia de haber pasado por todo por lo que Fischer atravesó.

Con todo, la biografía de las personas es el fruto de sus circunstancias, y si las circunstancias de Fischer hubieran sido distintas, seguramente no estaríamos hablando ahora de uno de los mayores campeones en la historia de nuestro juego. El ajedrez fue para Bobby su refugio, el terreno donde con más éxito lograba comunicarse con sus semejantes, su mayor pasión y su monomanía. Todos los que amamos este deporte le debemos interminables horas de emoción y disfrute, que ni la más disparatada y triste de sus ocurrencias fuera del tablero conseguirán empañar.

[Escrito en San Sebastián el 19 de enero de 2008; publicado en la revista Jaque nº 618 correspondiente a febrero de 2008]

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David Llada @ 18-Marzo-2008

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